I La historia de un libro
Si usted ha empezado a leer esto, quiero hacerle
una advertencia: esta es la historia de un libro. No de cualquier libro y no
toda la historia, sino sólo de aquellos fragmentos conocidos y a veces registrados
en los renglones del tiempo y que han podido perdurar hasta nuestros días, ya
sea por la importancia de su significado o quizá por un mero descuido de
aquellos cuya voluntad ha tratado de borrar de la memoria de los hombres la
existencia de ese libro. Como todas las cosas que son percibidas por la
conciencia humana, los hechos de esta historia están vistos a través de una especie
de cristal, cuyo material se compone del paso del tiempo; y conforme avanza en
su ineludible camino, va agregando capas a la superficie, de tal forma que lo
que al principio era nítido, al cabo de algunos años, a veces incluso de muy
pocos, se vuelve borroso, hasta el punto en que es difícil saber cuál es la
verdad que se encuentran allí afuera. Pero por supuesto, esa es sólo una manera
de decir las cosas, el tiempo es algo intangible, que sólo forma parte de la
percepción que nuestros sentidos adoptan para entender aquello que llamamos
realidad. Por si fuera poco, la Historia, me refiero a ella en general y no a
estos hechos en particular, se asemeja a una soga, construida a partir de
cuerdas más pequeñas o mejor dicho, de pequeñas historias, de personajes y
objetos entrelazados hasta el punto en que es difícil reconocer cuál es la
fibra sobre la cual se entretejen los hechos. Desde esta perspectiva es que
estás páginas son también muchas historias, la de hombres y mujeres quienes
antes de mi conocieron, ya sea por voluntad propia o simplemente por
casualidad, la existencia del libro. Por eso es que, quizá, es mejor empezar
este relato no por el principio histórico de los hechos, sino en el orden en
que me fueron revelados, es decir, desde un pequeño filamento de la soga.
Porque estoy seguro de que muchas de las cosas escritas en las siguientes páginas
son conocidas por muchos, como ya dije, existen evidencias históricas a través
de otros libros, de leyendas, incluso famosas obras de arte, sin embargo, todas
esas cosas siguen siendo fragmentos sin principio, ni fin. Para que todos esos
pedazos estén unidos y puedan significar algo, es necesario hablar del objeto
que los une, y que, al fin de todo, une el principio y el fin de todo lo que
existe.
Tuve conocimiento de las primeras referencias
de libro, cuando yo era aún un niño, y como muchas cosas de entonces, sólo
persisten en mi memoria fragmentos rotos, nublados, como un rompecabezas cuyas
piezas hubieran sido revueltas y desperdigadas a lo largo de la superficie del
tiempo. Y sin embargo, algunas permanecen juntas permitiendo formar una idea,
apenas un reflejo de algo, una figura o un objeto, quizá algo que en realidad
es solo el principio de otra cosa, como cuando tomamos una pieza del
rompecabezas y creemos encontrar un pedazo de cielo y si lo vemos de cerca
pareciera asomarse un borde de nube o el ala de un pájaro, pero en realidad,
cuando logramos colocar esa pieza en el lugar que le corresponde dentro del
rompecabezas, nos damos cuenta de que es sólo parte de un edificio o un
automóvil o cualquier otra cosa. Y así, como si todas aquellas cosas que parecieran
ser irrelevantes, al final, después de ensamblar fragmentos tan remotos y
lejanos, la verdad es otra, una verdad que nadie siquiera imagina que pudiera
existir. A lo largo de esta narración contaré el modo en que pude conocer la
existencia de ese libro, al principio por casualidad y después como la búsqueda
de las respuestas de una ficción casi obsesiva. Queda al lector la decisión
final de creer o no en los hechos y
argumentos que aquí escribo, y a su vez, realizar su búsqueda propia por
encontrar la verdad.

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