jueves, mayo 10, 2012

I La historia de un libro


Si usted ha empezado a leer esto, quiero hacerle una advertencia: esta es la historia de un libro. No de cualquier libro y no toda la historia, sino sólo de aquellos fragmentos conocidos y a veces registrados en los renglones del tiempo y que han podido perdurar hasta nuestros días, ya sea por la importancia de su significado o quizá por un mero descuido de aquellos cuya voluntad ha tratado de borrar de la memoria de los hombres la existencia de ese libro. Como todas las cosas que son percibidas por la conciencia humana, los hechos de esta historia están vistos a través de una especie de cristal, cuyo material se compone del paso del tiempo; y conforme avanza en su ineludible camino, va agregando capas a la superficie, de tal forma que lo que al principio era nítido, al cabo de algunos años, a veces incluso de muy pocos, se vuelve borroso, hasta el punto en que es difícil saber cuál es la verdad que se encuentran allí afuera. Pero por supuesto, esa es sólo una manera de decir las cosas, el tiempo es algo intangible, que sólo forma parte de la percepción que nuestros sentidos adoptan para entender aquello que llamamos realidad. Por si fuera poco, la Historia, me refiero a ella en general y no a estos hechos en particular, se asemeja a una soga, construida a partir de cuerdas más pequeñas o mejor dicho, de pequeñas historias, de personajes y objetos entrelazados hasta el punto en que es difícil reconocer cuál es la fibra sobre la cual se entretejen los hechos. Desde esta perspectiva es que estás páginas son también muchas historias, la de hombres y mujeres quienes antes de mi conocieron, ya sea por voluntad propia o simplemente por casualidad, la existencia del libro. Por eso es que, quizá, es mejor empezar este relato no por el principio histórico de los hechos, sino en el orden en que me fueron revelados, es decir, desde un pequeño filamento de la soga. Porque estoy seguro de que muchas de las cosas escritas en las siguientes páginas son conocidas por muchos, como ya dije, existen evidencias históricas a través de otros libros, de leyendas, incluso famosas obras de arte, sin embargo, todas esas cosas siguen siendo fragmentos sin principio, ni fin. Para que todos esos pedazos estén unidos y puedan significar algo, es necesario hablar del objeto que los une, y que, al fin de todo, une el principio y el fin de todo lo que existe.

Tuve conocimiento de las primeras referencias de libro, cuando yo era aún un niño, y como muchas cosas de entonces, sólo persisten en mi memoria fragmentos rotos, nublados, como un rompecabezas cuyas piezas hubieran sido revueltas y desperdigadas a lo largo de la superficie del tiempo. Y sin embargo, algunas permanecen juntas permitiendo formar una idea, apenas un reflejo de algo, una figura o un objeto, quizá algo que en realidad es solo el principio de otra cosa, como cuando tomamos una pieza del rompecabezas y creemos encontrar un pedazo de cielo y si lo vemos de cerca pareciera asomarse un borde de nube o el ala de un pájaro, pero en realidad, cuando logramos colocar esa pieza en el lugar que le corresponde dentro del rompecabezas, nos damos cuenta de que es sólo parte de un edificio o un automóvil o cualquier otra cosa. Y así, como si todas aquellas cosas que parecieran ser irrelevantes, al final, después de ensamblar fragmentos tan remotos y lejanos, la verdad es otra, una verdad que nadie siquiera imagina que pudiera existir. A lo largo de esta narración contaré el modo en que pude conocer la existencia de ese libro, al principio por casualidad y después como la búsqueda de las respuestas de una ficción casi obsesiva. Queda al lector la decisión final de  creer o no en los hechos y argumentos que aquí escribo, y a su vez, realizar su búsqueda propia por encontrar la verdad.