II El nombre de Dios
Hagamos al hombre a nuestra imagen,
conforme a nuestra semejanza;
y tenga potestad sobre los peces del mar,
las aves de los cielos y las bestias,
sobre toda la tierra y sobre todo animal
que se arrastra sobre la tierra.
- Genésis 1:26 -
Dios
formó, pues,
de la
tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viera cómo las había de llamar;
y el nombre que Adán dio a los seres vivientes,
ese es su nombre.
- Genésis 2:19 -
En ese entonces vivíamos en el tercer piso de
un edificio, apenas unos meses antes habíamos llegado a aquel lugar oscuro y
lúgubre. Después de tantos años, no puedo olvidar los pequeños mosaicos grises
y negros de las paredes, como un inmenso tablero de ajedrez, las manchas de
humedad y la oscuridad de los pasillos, el polvo que se acumulaba en los marcos
de las ventanas y en los rincones de las escaleras, tampoco olvido el elevador
viejo y descompuesto desde hacía quien sabe cuantos años. Todo en aquel
edificio era viejo y rotoso, como de otro tiempo, o como si existiera en un
espacio diferente al de las cosas reales. Era 1988 y pienso que las personas
apenas empezaban a recuperarse del terremoto que tres años antes había azotado
a la ciudad. Recuerdo muy bien que mis papás y los de mis amigos trabajaban
todo el día y nosotros nos quedábamos solos jugando en las casas y edificios
abandonados de los alrededores. Quizá es por ello que tengo la impresión de que
la ciudad estaba sumergida en una especie de niebla densa, como si la muerte
siguiera caminando por las calles.
Lucía vivía en el departamento contiguo al
nuestro. Tenía un hijo de mi edad: Quique, nunca supe si ese era su nombre o el
diminutivo de Enrique, pero nunca oí que su madre le nombrara de otro modo. En aquella época tenía once años, y creo que a
esa edad –aunque después de tanto tiempo, creo que a ninguna edad- uno no piensa
que cada cosa que ve, aprende, imagina o sucede, puede tener un trasfondo, un
significado oculto; sino hasta mucho después, cuando las cosas han sucedido. Es
decir, estamos condenados a asombrarnos con el pasado. Sólo podemos comprender
el rompecabezas una vez que han quedado ensambladas sus piezas. Escribo esto
sin buscar una excusa para lo que sucedió entonces o sucede ahora, pero como ya
dije, eran cosas sin un significado aparente.
Un día, al regresar de la escuela, vi
la puerta del apartamento donde Lucía vivía abierta. La luz iluminaba el pasillo
oscuro, me acerque y la vi sentada sobre el piso, frente a ella estaba una
pequeña mesa cubierta por un pedazo de franela color rojo y sobre ella, lo que
parecían cartas de una baraja. Me acerqué y Lucía tardó un momento en notar mi
presencia, entonces dijo -¿Sabes qué es esto? - y luego me miró. No respondí,
sino que sólo moví la cabeza negando - Es un tarot - dijo, y en el centro de
aquella mesa había una carta - El Mago – aclaró Lucía, mientras contemplaba
aquella carta. Me contó que el tarot era una especie de juego - un juego muy
peligroso- dijo - desde la antigüedad, la gente utiliza estas cartas para tratar
de adivinar el futuro, por supuesto están equivocados– sonrió y luego agregó -
Te voy a contar algo – bajó la voz como si estuviera a punto de revelarme un
gran secreto. Luego me hizo observar detenidamente aquella carta, aquellas
figuras impresas eran extrañas y no me decían nada: un hombre levantando una
mano, la otra señalando con el índice hacía abajo, una mesa sobre la cual había
una espada, una moneda y una copa, me parecían cosas sin sentido. Lucía me dijo
que aquellas cosas representaban un nombre -El nombre de Dios - dijo en voz
baja. Yo no entendía muy bien que es lo que quería decirme, pero Lucía seguía
hablando. Yo siempre supuse que el nombre de Dios era ese: Dios, - Sí, Dios
tiene un nombre, como tú ó como yo - dijo después de un rato - pero ya nadie lo
sabe - dijo anticipándose a la pregunta que me surgía en los labios. - Bueno,
alguna vez existió alguien que lo supo, pero su castigo, fue el castigo de
todos nosotros - La voz de lucía era apagada. -Esa carta - continuó -
representa al primer hombre que supo su nombre: Adán, ¿Sabes quién es Adán? -
me preguntó, posando sus ojos negros en mi. Yo recordaba quien era Adán, porque
mi madre solía leernos una versión de la Biblia para niños, pero no recordaba ninguna
mención sobre un nombre de Dios. - Quizá algún día te contaré más sobre esto,
pero ahora debes irte.-
Poco o nada me importó aquella conversación con Lucía, y la olvidé como esa pieza del rompecabezas que uno cree que no es importante y sin embargo, esa conversación fue el inicio de todo lo demás. Durante los tres años que vivimos allí Lucía se empeñó en enseñarme a leer el tarot, las líneas de la mano, geomancia y algunas otras cosas extrañas que a mí siempre me parecieron sin importancia. Nunca me aficioné a la clase de “conocimiento” que Lucía compartió conmigo durante esos años. Quizá le hacía compañía porque me daba la impresión de que estaba medio trastornada o simplemente porque sus historias me parecían divertidas.
Poco o nada me importó aquella conversación con Lucía, y la olvidé como esa pieza del rompecabezas que uno cree que no es importante y sin embargo, esa conversación fue el inicio de todo lo demás. Durante los tres años que vivimos allí Lucía se empeñó en enseñarme a leer el tarot, las líneas de la mano, geomancia y algunas otras cosas extrañas que a mí siempre me parecieron sin importancia. Nunca me aficioné a la clase de “conocimiento” que Lucía compartió conmigo durante esos años. Quizá le hacía compañía porque me daba la impresión de que estaba medio trastornada o simplemente porque sus historias me parecían divertidas.
Lucía afirmaba que Dios tenía un nombre
propio, un nombre que utilizó para crear todas las cosas. En el pensamiento
antiguo, el nombre no es una designación arbitraria o un grupo de sonidos. El
nombre nos dice la naturaleza, la esencia, la historia de aquel que es
designado con él. Más aún, en la tradición mística judía, el estudio de la Cábala
busca conocer el Nombre de Dios, toda vez que la creencia señala que aquel que
conozca su nombre tendrá el mismo conocimiento de Dios. Lucía también decía que
el nombre de Dios era desconocido para los seres humanos modernos, quizá porque
en un principio no existía un modo de preservarlo de forma física, sino que
solo aquellos iniciados que lo conocían podían transmitirlo a otros de forma
oral. También existe otro fuerte motivo basado en la ley judía e islámica, el
nombre de Dios no podía ser escrito e incluso pronunciado[1], por
lo que a lo largo de los siglos dicho nombre se perdió y sólo algunos hombres y
mujeres habían logrado dejar pistas en diversos objetos como en el Tarot.
Dichos argumentos aportan ciertos indicios que
daban sustento a lo que Lucía aseguraba. En la tradición judía y cristiana, el
libro del Génesis señala que Dios colocó a Adán y Eva en el Jardín del Edén,
diciéndoles que podían comer de cualquier árbol del jardín, excepto el del
árbol del conocimiento del bien y del mal[2], sin
embargo, Adán y Eva, por influencia de una serpiente, desobedecen dicha orden y
al hacerlo Dios los expulsó del paraíso, sin embargo no los expulsó por haber
desobedecido, sino porque como lo señala Él mismo: “no vaya a ser que el hombre
coma del árbol de la vida eterna y viva para siempre”[3].
Desde esta perspectiva es que algunos místicos
de la tradición Judía, Cristiana e Islámica señalan que en realidad, cuando
Adán y Eva desobedecieron a Dios comiendo del fruto de dicho árbol, en realidad
estuvieron en posibilidades de conocer el nombre de Dios y por consiguiente
todo su conocimiento. No existen evidencias históricas precisas sobre esto,
salvo lo que el antiguo testamento señala y algunos otros textos místicos. Sin
embargo, todas estas cosas las supe mucho tiempo después, cuando ya no vivíamos
en aquel lugar, y cuando aún no conocía siquiera la existencia del libro. Sin
embargo, cuando Lucía me contó todo aquello, solo podía preguntarme ¿cómo es
que aquellos símbolos y dibujos en una carta de tarot podían significar un
nombre? Y más aún, el nombre de Dios, aunado al hecho, de que, según Lucía, el
hombre dibujado en la carta representa a Adán, la figura bíblica y que él pudo
conocer dicho nombre; y por haberlo conocido fue expulsado del paraíso. Entonces,
¿Cómo fue que lo conoció?, ¿fue un accidente? , ¿El pecado original tiene que
ver con aquellos hechos? y ¿Qué papel jugó Eva en aquella historia? Dichas
preguntas fueron apareciendo conforme iba recabando más datos, como si a partir
de una fibra, se fuera revelando toda una madeja de historias y hechos
entrelazados.
[1] Esta prohibición se
enfatiza en el Talmud y consiste en no pronunciar y no escribir el nombre de
Dios. Esta prohibición de pronunciamiento se aplica al Tetragrama que sólo
podía ser pronunciado por el Sumo Sacerdote el día de la Expiación y dentro del
Santo de los Santos.
Se indica en diversas
azoras del Corán que los auténticos creyentes han de respetar profundamente el
nombre de Dios (cf. 33/35, 57/16, 59/21, 7/180, 17/107, 17/109, 2/45, 21/90,
23/2).
[2] Gn 2:15-17
[3] Gn 3:22


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