jueves, febrero 28, 2013

II El nombre de Dios

 Entonces dijo Dios:
Hagamos al hombre a nuestra imagen,
conforme a nuestra semejanza;
y tenga potestad sobre los peces del mar,
las aves de los cielos y las bestias,
sobre toda la tierra y sobre todo animal
que se arrastra sobre la tierra.
- Genésis 1:26 -


Dios formó, pues,
de la tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos,
y las trajo a Adán para que viera cómo las había de llamar;
y el nombre que Adán dio a los seres vivientes,
ese es su nombre.
- Genésis 2:19 -

En ese entonces vivíamos en el tercer piso de un edificio, apenas unos meses antes habíamos llegado a aquel lugar oscuro y lúgubre. Después de tantos años, no puedo olvidar los pequeños mosaicos grises y negros de las paredes, como un inmenso tablero de ajedrez, las manchas de humedad y la oscuridad de los pasillos, el polvo que se acumulaba en los marcos de las ventanas y en los rincones de las escaleras, tampoco olvido el elevador viejo y descompuesto desde hacía quien sabe cuantos años. Todo en aquel edificio era viejo y rotoso, como de otro tiempo, o como si existiera en un espacio diferente al de las cosas reales. Era 1988 y pienso que las personas apenas empezaban a recuperarse del terremoto que tres años antes había azotado a la ciudad. Recuerdo muy bien que mis papás y los de mis amigos trabajaban todo el día y nosotros nos quedábamos solos jugando en las casas y edificios abandonados de los alrededores. Quizá es por ello que tengo la impresión de que la ciudad estaba sumergida en una especie de niebla densa, como si la muerte siguiera caminando por las calles.

Lucía vivía en el departamento contiguo al nuestro. Tenía un hijo de mi edad: Quique, nunca supe si ese era su nombre o el diminutivo de Enrique, pero nunca oí que su madre le nombrara de otro modo.  En aquella época tenía once años, y creo que a esa edad –aunque después de tanto tiempo, creo que a ninguna edad­­- uno no piensa que cada cosa que ve, aprende, imagina o sucede, puede tener un trasfondo, un significado oculto; sino hasta mucho después, cuando las cosas han sucedido. Es decir, estamos condenados a asombrarnos con el pasado. Sólo podemos comprender el rompecabezas una vez que han quedado ensambladas sus piezas. Escribo esto sin buscar una excusa para lo que sucedió entonces o sucede ahora, pero como ya dije, eran cosas sin un significado aparente. Un día, al regresar de la escuela, vi la puerta del apartamento donde Lucía vivía abierta. La luz iluminaba el pasillo oscuro, me acerque y la vi sentada sobre el piso, frente a ella estaba una pequeña mesa cubierta por un pedazo de franela color rojo y sobre ella, lo que parecían cartas de una baraja. Me acerqué y Lucía tardó un momento en notar mi presencia, entonces dijo -¿Sabes qué es esto? - y luego me miró. No respondí, sino que sólo moví la cabeza negando - Es un tarot - dijo, y en el centro de aquella mesa había una carta - El Mago – aclaró Lucía, mientras contemplaba aquella carta. Me contó que el tarot era una especie de juego - un juego muy peligroso- dijo - desde la antigüedad, la gente utiliza estas cartas para tratar de adivinar el futuro, por supuesto están equivocados– sonrió y luego agregó - Te voy a contar algo – bajó la voz como si estuviera a punto de revelarme un gran secreto. Luego me hizo observar detenidamente aquella carta, aquellas figuras impresas eran extrañas y no me decían nada: un hombre levantando una mano, la otra señalando con el índice hacía abajo, una mesa sobre la cual había una espada, una moneda y una copa, me parecían cosas sin sentido. Lucía me dijo que aquellas cosas representaban un nombre -El nombre de Dios - dijo en voz baja. Yo no entendía muy bien que es lo que quería decirme, pero Lucía seguía hablando. Yo siempre supuse que el nombre de Dios era ese: Dios, - Sí, Dios tiene un nombre, como tú ó como yo - dijo después de un rato - pero ya nadie lo sabe - dijo anticipándose a la pregunta que me surgía en los labios. - Bueno, alguna vez existió alguien que lo supo, pero su castigo, fue el castigo de todos nosotros - La voz de lucía era apagada. -Esa carta - continuó - representa al primer hombre que supo su nombre: Adán, ¿Sabes quién es Adán? - me preguntó, posando sus ojos negros en mi. Yo recordaba quien era Adán, porque mi madre solía leernos una versión de la Biblia para niños, pero no recordaba ninguna mención sobre un nombre de Dios. - Quizá algún día te contaré más sobre esto, pero ahora debes irte.-


Poco o nada me importó aquella conversación con Lucía, y la olvidé como esa pieza del rompecabezas que uno cree que no es importante y sin embargo, esa conversación fue el inicio de todo lo demás. Durante los tres años que vivimos allí Lucía se empeñó en enseñarme a leer el tarot, las líneas de la mano, geomancia y algunas otras cosas extrañas que a mí siempre me parecieron sin importancia. Nunca me aficioné a la clase de “conocimiento” que Lucía compartió conmigo durante esos años. Quizá le hacía compañía porque me daba la impresión de que estaba medio trastornada o simplemente porque sus historias me parecían divertidas.

Lucía afirmaba que Dios tenía un nombre propio, un nombre que utilizó para crear todas las cosas. En el pensamiento antiguo, el nombre no es una designación arbitraria o un grupo de sonidos. El nombre nos dice la naturaleza, la esencia, la historia de aquel que es designado con él. Más aún, en la tradición mística judía, el estudio de la Cábala busca conocer el Nombre de Dios, toda vez que la creencia señala que aquel que conozca su nombre tendrá el mismo conocimiento de Dios. Lucía también decía que el nombre de Dios era desconocido para los seres humanos modernos, quizá porque en un principio no existía un modo de preservarlo de forma física, sino que solo aquellos iniciados que lo conocían podían transmitirlo a otros de forma oral. También existe otro fuerte motivo basado en la ley judía e islámica, el nombre de Dios no podía ser escrito e incluso pronunciado[1], por lo que a lo largo de los siglos dicho nombre se perdió y sólo algunos hombres y mujeres habían logrado dejar pistas en diversos objetos como en el Tarot.

Dichos argumentos aportan ciertos indicios que daban sustento a lo que Lucía aseguraba. En la tradición judía y cristiana, el libro del Génesis señala que Dios colocó a Adán y Eva en el Jardín del Edén, diciéndoles que podían comer de cualquier árbol del jardín, excepto el del árbol del conocimiento del bien y del mal[2], sin embargo, Adán y Eva, por influencia de una serpiente, desobedecen dicha orden y al hacerlo Dios los expulsó del paraíso, sin embargo no los expulsó por haber desobedecido, sino porque como lo señala Él mismo: “no vaya a ser que el hombre coma del árbol de la vida eterna y viva para siempre”[3].

Desde esta perspectiva es que algunos místicos de la tradición Judía, Cristiana e Islámica señalan que en realidad, cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios comiendo del fruto de dicho árbol, en realidad estuvieron en posibilidades de conocer el nombre de Dios y por consiguiente todo su conocimiento. No existen evidencias históricas precisas sobre esto, salvo lo que el antiguo testamento señala y algunos otros textos místicos. Sin embargo, todas estas cosas las supe mucho tiempo después, cuando ya no vivíamos en aquel lugar, y cuando aún no conocía siquiera la existencia del libro. Sin embargo, cuando Lucía me contó todo aquello, solo podía preguntarme ¿cómo es que aquellos símbolos y dibujos en una carta de tarot podían significar un nombre? Y más aún, el nombre de Dios, aunado al hecho, de que, según Lucía, el hombre dibujado en la carta representa a Adán, la figura bíblica y que él pudo conocer dicho nombre; y por haberlo conocido fue expulsado del paraíso. Entonces, ¿Cómo fue que lo conoció?, ¿fue un accidente? , ¿El pecado original tiene que ver con aquellos hechos? y ¿Qué papel jugó Eva en aquella historia? Dichas preguntas fueron apareciendo conforme iba recabando más datos, como si a partir de una fibra, se fuera revelando toda una madeja de historias y hechos entrelazados.

 


[1] Esta prohibición se enfatiza en el Talmud y consiste en no pronunciar y no escribir el nombre de Dios. Esta prohibición de pronunciamiento se aplica al Tetragrama que sólo podía ser pronunciado por el Sumo Sacerdote el día de la Expiación y dentro del Santo de los Santos.
Se indica en diversas azoras del Corán que los auténticos creyentes han de respetar profundamente el nombre de Dios (cf. 33/35, 57/16, 59/21, 7/180, 17/107, 17/109, 2/45, 21/90, 23/2).
[2] Gn 2:15-17
[3] Gn 3:22

jueves, mayo 10, 2012

I La historia de un libro


Si usted ha empezado a leer esto, quiero hacerle una advertencia: esta es la historia de un libro. No de cualquier libro y no toda la historia, sino sólo de aquellos fragmentos conocidos y a veces registrados en los renglones del tiempo y que han podido perdurar hasta nuestros días, ya sea por la importancia de su significado o quizá por un mero descuido de aquellos cuya voluntad ha tratado de borrar de la memoria de los hombres la existencia de ese libro. Como todas las cosas que son percibidas por la conciencia humana, los hechos de esta historia están vistos a través de una especie de cristal, cuyo material se compone del paso del tiempo; y conforme avanza en su ineludible camino, va agregando capas a la superficie, de tal forma que lo que al principio era nítido, al cabo de algunos años, a veces incluso de muy pocos, se vuelve borroso, hasta el punto en que es difícil saber cuál es la verdad que se encuentran allí afuera. Pero por supuesto, esa es sólo una manera de decir las cosas, el tiempo es algo intangible, que sólo forma parte de la percepción que nuestros sentidos adoptan para entender aquello que llamamos realidad. Por si fuera poco, la Historia, me refiero a ella en general y no a estos hechos en particular, se asemeja a una soga, construida a partir de cuerdas más pequeñas o mejor dicho, de pequeñas historias, de personajes y objetos entrelazados hasta el punto en que es difícil reconocer cuál es la fibra sobre la cual se entretejen los hechos. Desde esta perspectiva es que estás páginas son también muchas historias, la de hombres y mujeres quienes antes de mi conocieron, ya sea por voluntad propia o simplemente por casualidad, la existencia del libro. Por eso es que, quizá, es mejor empezar este relato no por el principio histórico de los hechos, sino en el orden en que me fueron revelados, es decir, desde un pequeño filamento de la soga. Porque estoy seguro de que muchas de las cosas escritas en las siguientes páginas son conocidas por muchos, como ya dije, existen evidencias históricas a través de otros libros, de leyendas, incluso famosas obras de arte, sin embargo, todas esas cosas siguen siendo fragmentos sin principio, ni fin. Para que todos esos pedazos estén unidos y puedan significar algo, es necesario hablar del objeto que los une, y que, al fin de todo, une el principio y el fin de todo lo que existe.

Tuve conocimiento de las primeras referencias de libro, cuando yo era aún un niño, y como muchas cosas de entonces, sólo persisten en mi memoria fragmentos rotos, nublados, como un rompecabezas cuyas piezas hubieran sido revueltas y desperdigadas a lo largo de la superficie del tiempo. Y sin embargo, algunas permanecen juntas permitiendo formar una idea, apenas un reflejo de algo, una figura o un objeto, quizá algo que en realidad es solo el principio de otra cosa, como cuando tomamos una pieza del rompecabezas y creemos encontrar un pedazo de cielo y si lo vemos de cerca pareciera asomarse un borde de nube o el ala de un pájaro, pero en realidad, cuando logramos colocar esa pieza en el lugar que le corresponde dentro del rompecabezas, nos damos cuenta de que es sólo parte de un edificio o un automóvil o cualquier otra cosa. Y así, como si todas aquellas cosas que parecieran ser irrelevantes, al final, después de ensamblar fragmentos tan remotos y lejanos, la verdad es otra, una verdad que nadie siquiera imagina que pudiera existir. A lo largo de esta narración contaré el modo en que pude conocer la existencia de ese libro, al principio por casualidad y después como la búsqueda de las respuestas de una ficción casi obsesiva. Queda al lector la decisión final de  creer o no en los hechos y argumentos que aquí escribo, y a su vez, realizar su búsqueda propia por encontrar la verdad.

lunes, junio 12, 2006

La revelacion

Durante mucho tiempo he pensado cómo es que debo escribir esto, no solo el por qué, sino la manera en que las cosas que sé, y que han sido reveladas, no solo a mi, sino a muchos otros, deben ser escritas y dichas.

Pienso que este nada de lo que diga en estas páginas debe ser interpretado como esoterico, ocultista, o algo parecido, lo dicho y escrito aqui, deber ser claro, como los actos de Dios, no son ocultos ni misteriosos, la verdad resplandece bajo la luz, no se esconde, está a la vista de todos.

Por eso mismo, es que nada de lo que he investigado y descubierto a lo largo de todos estos años, y de lo cual se me ha permitido escribir y dar testimonio, no pertenece a ninguna religión en partícular, porque Dios no es muchos dioses, sino uno solo y verdadero.

Asimismo, deseo aclarar que escribo esto aqui y ahora, porque he sentido que el tiempo es apremiante, pido disculpas si algo de lo expresado aqui está mal, yo no asumo conocer la verdad, ni tener el conocimiento profundo acerca de las revelaciones hechas a los profetas, solo quisiera compartir mis dudas con aquellos que lean estas palabras.

Ciudad de México, Sábado 18 de julio de 1998
Transcripción de un fragmento del diario del Dr. Álvaro de Santos Mondragón